19,176 Islas, O., La Alfabetización Mediática e Informacional (AMI): la apuesta más sólida para contener a las plataformas digitales. El Universal, 27 de julio 2026

La Alfabetización Mediática e Informacional (AMI): la apuesta más sólida para contener a las plataformas digitales

Octavio Islas

La disputa por la atención en el aula


Durante la última década, las aulas se han convertido en espacios de auténtica competencia por la atención. En ellas, el profesorado disputa —a menudo en condiciones de franca desventaja— el interés, la concentración y el tiempo mental de sus alumnos frente al inmenso poder de atracción de las plataformas digitales.

La pregunta ya no es si el problema existe, sino cómo debemos enfrentarlo.

De acuerdo con Andrés Morales Arciniegas, representante de la Unesco en México, 114 sistemas educativos han adoptado medidas para restringir el acceso a teléfonos celulares y redes sociodigitales en los planteles escolares.

Las regulaciones comprenden desde la prohibición del uso de teléfonos celulares en la educación primaria y secundaria hasta la limitación estricta del acceso a plataformas digitales dentro del entorno escolar.

El gobierno de México ha anunciado la intención de sumarse a la marea regulatoria. Al sumarse a la tendencia seguida por más de un centenar de países, México reconoce que el libre mercado digital no se autorregula cuando se trata de la salud mental infantil. El Estado, en su rol tutelar del bienestar de la infancia, tiene la obligación moral y legal de intervenir.

La tentación inmediata de no pocos gobiernos ha sido recurrir al mandato prohibitivo. Apagar el dispositivo, guardarlo en la mochila o confiscarlo a la entrada del plantel parece la solución viable para restaurar la paz en la clase.

Se afirma que prohibir o regular el uso de dispositivos en la escuela representa una medida indispensable de higiene mental y pedagógica. Entre sus principales ventajas destacan:

Restablecimiento del entorno de aprendizaje: La ausencia de notificaciones y del desplazamiento infinito (scrolling) permite recuperar el foco en los contenidos académicos y la reflexión analítica en el salón de clases.

Fomento de la socialización real: Las escuelas son el espacio primario donde las infancias aprenden a convivir cara a cara. Retirar las pantallas durante los recesos estimula el juego físico y el desarrollo de habilidades socioemocionales.

Reducción del acoso escolar digital (cyberbullying): Desconectar el entorno físico del colegio frena la continuidad del ciberacoso durante la jornada escolar, brindando un refugio seguro a las víctimas.

Inclusión y equidad: Minimizar la exhibición de dispositivos de alta gama en las aulas reduce las brechas socioeconómicas visibles y atenúa la presión social por el consumo tecnológico.

Sin embargo, las estrategias coercitivas pasan por alto una realidad insoslayable: los entornos educativos no son islas aisladas del mundo exterior.

Restringir la tecnología en las aulas crea una barrera artificial que dura únicamente las horas que abarca la jornada escolar. Al traspasar el portón de la escuela, el estudiante reingresa de golpe a un ecosistema saturado de algoritmos opacos, desinformación, cebos de clics (clickbait) y narrativas polarizantes.

Prohibir sin educar equivale a apagar una pantalla temporalmente sin enseñar al usuario a navegar en la penumbra. Cuando la única respuesta gubernamental e institucional es el veto, se desperdicia la oportunidad de convertir al aula en un laboratorio abierto al debate, el análisis y el pensamiento crítico.

El verdadero reto pedagógico no consiste en crear refugios anacrónicos donde el mundo digital no exista, sino en dotar a las nuevas generaciones de las competencias necesarias para interactuar con la tecnología de manera ética, consciente y reflexiva.

El desvanecimiento virtuoso del «nativo digital»

Durante décadas se propagó el mito virtuoso del «nativo digital»: la idea de que, por el simple hecho de nacer rodeados de pantallas, las niñas, niños y jóvenes poseen una capacidad innata para dominar el entorno tecnológico.

La práctica diaria ha demostrado lo engañoso de este concepto. Si bien las generaciones jóvenes muestran una destreza intuitiva para operar interfaces, esa habilidad operativa no se traduce automáticamente en comprensión analítica.

Saber usar una aplicación no es lo mismo que comprender cómo opera el modelo de negocio detrás de ella, cómo los algoritmos de recomendación manipulan las emociones para incrementar el tiempo de permanencia, o cómo diferenciar una fuente periodística contrastada de una imagen generada por inteligencia artificial con fines propagandísticos.

Los niños y jóvenes son los usuarios más expuestos y vulnerables dentro de una arquitectura diseñada para capturar su atención y comercializar sus datos.

El laberinto informacional: infoxicación, algoritmos y posverdad

Para dimensionar el problema que enfrentan las comunidades educativas, es crucial analizar el ecosistema informacional contemporáneo.

Vivimos en la era de la infoxicación —la sobrecarga de información que paraliza la capacidad de juicio—. Hoy en día se produce más contenido en 24 horas del que una persona podría consumir en toda su vida.

En este océano de datos, la verdad factual rara vez compite en igualdad de condiciones con la desinformación: las mentiras, el sensacionalismo y los discursos de odio están diseñados para activar emociones primarias como el miedo o la indignación, lo que facilita su propagación viral a velocidades muy superiores a las de los hechos verificados.

A esta dinámica se suma la mediación algorítmica. Las plataformas sociodigitales operan mediante economías de la atención donde el objetivo primordial es mantener al usuario conectado.

Para lograrlo, los algoritmos construyen cámaras de eco y burbujas de filtro que devuelven a los estudiantes únicamente aquellos contenidos que confirman sus sesgos previos, aislándolos de la pluralidad de perspectivas necesarias para el debate democrático.

La Alfabetización Mediática e Informacional (AMI) como imperativo democrático

La Alfabetización Mediática e Informacional (AMI) representa una necesidad formativa urgente y un derecho ciudadano fundamental.

Promovida activamente por organismos como la Unesco, la Red Alfamed, entre otros,  la AMI integra un conjunto de competencias que permiten a las personas acceder, analizar, evaluar, crear y utilizar la información y los medios de comunicación de manera crítica, ética y eficaz.

En lugar de limitarse a la dimensión instrumental de la informática —como aprender a programar o usar software de oficina—, la AMI aborda el fenómeno mediático en su totalidad. Implica desarrollar facultades esenciales para el siglo XXI:

Pensamiento crítico y verificación: La capacidad de cuestionar el origen de un mensaje, identificar la intencionalidad del autor, reconocer sesgos cognitivos y verificar la veracidad de los datos antes de compartirlos.

Comprensión de las arquitecturas digitales: El entendimiento de cómo funcionan las economías de datos, los modelos de negocio basados en la atención, los algoritmos de recomendación y la inteligencia artificial generativa.

Ciudadanía digital ética y participativa: El fomento del respeto en el entorno digital, la prevención de violencias virtuales (como el ciberacoso o la difusión no consentida de contenido) y el uso de los medios para la libre expresión y el compromiso social.

Salud mental y autorregulación: La conciencia sobre el impacto del consumo digital en el bienestar emocional, promoviendo hábitos saludables de desconexión y gestión del tiempo mental.

Integrar la alfabetización mediática e informacional en los currículos escolares transforma de raíz la ecuación prohibitiva. Cuando a un estudiante aprende a deconstruir un anuncio, a rastrear la fuente original de un rumor viral o a entender por qué un algoritmo le sugiere determinado contenido, el dispositivo deja de ser un fetiche incontrolable para convertirse en un objeto de estudio y en una herramienta bajo su propio dominio.

Un compromiso compartido hacia el futuro

Sumarse a la marea regulatoria de prohibir los teléfonos celulares en los planteles puede ser una medida cautelar útil para recuperar la tranquilidad inmediata en el aula y mitigar las distracciones más severas.

Sin embargo, considerar la restricción como la solución definitiva es un error de diagnóstico. Si el gobierno y las instituciones educativas limitan su acción a la vía punitiva o restrictiva, estarán entregando a las futuras generaciones a un entorno digital para el que no están preparadas fuera de la escuela.

La verdadera respuesta ante la crisis de la atención y la desinformación radica en una apuesta decidida por la educación.

La Alfabetización Mediática e Informacional debe convertirse en el eje vertebrador de las políticas educativas modernas.

Solo mediante el desarrollo del pensamiento crítico y la capacitación informacional lograremos formar ciudadanas y ciudadanos autónomos, capaces de navegar con juicio propio en la complejidad del mundo digital, de proteger su salud mental y de defender los valores democráticos frente a la manipulación.

La prohibición puede despejar el escritorio por unas horas; solo la alfabetización mediática prepara la mente para toda la vida.

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