12,526 Jorge Bravo, Lo que está detrás de la “sustitución” de video, Mediatelecom

Lo que está detrás de la “sustitución” de video
Jorge Bravo
Director Editorial de Grupo Mediatelecom

Explicación no pedida, acusación manifiesta. Los procuradores de la TV de paga tradicional en México (que Televisa concentra con 59.6% del mercado) pretenden presionar y confundir al Instituto Federal de Telecomunicaciones (IFT) con una utilización a modo y sin explicar el concepto de “sustitución”, porque buscan que la autoridad no resuelva en su contra el poder sustancial de mercado que claramente poseen, y entonces llaman a incluir los servicios Over the Top (OTT) en la canasta de TV de paga.

Reitero que la definición genérica de “sustituir” es “poner a alguien o algo en lugar de otra persona o cosa”. ¿Por qué se sustituye algo? Pasemos al concepto especializado según el Premio Nobel John Hicks. En microeconomía existe el concepto de “efecto sustitución”. Éste ocurre cuando se encarece un bien o servicio y el incremento relativo del precio afecta el poder adquisitivo (renta o ingreso) del consumidor. Por lo tanto, todo consumidor racional “sustituye” el bien o servicio caro por el bien o servicio más barato. Cuando se deteriora el poder adquisitivo de un individuo por el incremento de precios, sencillamente tiene menos dinero para comprar o, mejor dicho, el mismo dinero le alcanza para comprar menos.

El ejemplo clásico de “efecto sustitución” es cuando se encarecen las entradas del cine y entonces son sustituidas por la renta de películas. ¿Desaparecieron las salas de cine? Sabemos que no. ¿Fueron sustituidas parcial o totalmente? No. Sería útil que los defensores de la “sustitución” en video aclaren si se refieren a una sustitución perfecta, parcial o relativa de la TV de paga tradicional y en cuánto tiempo, pues se supone que conocen su negocio y cuándo va a morir por culpa de los Netflix.

En el ejemplo anterior ocurrió el fenómeno contrario: quebró y desapareció Blockbuster en Estados Unidos (pero no en México). Una empresa que lo vio, lo entendió y se anticipó al cambio tecnológico fue Netflix, que de rentar películas a domicilio comenzó a transmitir contenidos de video en línea y hoy es objeto de todo tipo de ataques. La lección es clara. Pero atacar a los OTT es un negocio, aunque cada vez resulta más ridícula la argumentación. Incluso especialistas ponen en duda la capacidad de Netflix para absorber el elevado costo de los contenidos. Nada está escrito, aunque algunos pretendan torcer la regulación en su favor.

Como el pez por la boca muere, más les hubiera convenido a los defensores de la TV de paga tradicional no solicitar al IFT que salvaguarde su negocio bajo el argumento de “sustitución”, porque al decir que servicios de video en línea como Netflix o Clarovideo “sustituyen” los servicios tradicionales de cable o satelital, están confesando que estos dos últimos servicios son relativamente más caros y, por lo tanto, afectan el poder adquisitivo de sus propios suscriptores y clientes potenciales, con el riesgo de perderlos ante ofertas de video online más baratas y atractivas.

¿Quieren evidencia empírica sólida? Con base en cifras del IFT sobre tarifas de servicios de telecomunicaciones, el precio del servicio de TV de paga en México se incrementó 2.5 por ciento entre febrero de 2013 y enero de 2015. Es decir, en dos años no bajaron las tarifas de ese servicio que concentra Televisa. Contrariamente, los servicios de telefonía móvil (-16.7%), telefonía fija (-4.6%) e Internet (-0.8%) bajaron sus precios en términos reales en el mismo periodo. Esta reducción de precio en telefonía e Internet fijos y móviles permitió que los consumidores incrementaran su poder adquisitivo y consumieran más minutos y megas (“efecto renta”).

Otra evidencia empírica: según el Informe Estadístico del IFT, la TV de paga en México se concentró durante 2014. Pasó de 3,596 puntos del Índice de Herfindahl-Hirschman a 4,047 puntos.

Ahora entendemos por qué presionan a la autoridad: porque reconocen que en términos relativos su servicio es más caro que otras ofertas de video en línea o bajo demanda, y temen que sus suscriptores cancelen el servicio y migren a Netflix, Clarovideo u otras empresas OTT de video online, que además de ofrecer un precio más competitivo añaden valor agregado como interacción en redes sociales, contenido adicional y un amplio catálogo de series, documentales y películas que se adaptan al gusto del usuario y pueden consumirse en cualquier lugar, momento y dispositivo.

¡Pobre industria de la TV de paga en México que ya no aguanta más! A pesar de que tiene seis décadas en el segmento de mayores ingresos y actualmente una empresa tiene 60 por ciento del mercado, teme ser repentinamente sustituida por los OTT de video. Nadie serio puede sostener y creer ese discurso.

Ya sé que van a decir que los OTT no pagan impuestos, no invierten, no generan empleos, no tienen una red propia y no tienen centros de atención y contratación, todo lo cual eleva los costos del cable y el satélite. En realidad los OTT sí invierten pero de forma distinta. El servicio más barato de Netflix tiene un precio de 89 pesos. Si lo incrementamos 50 por ciento (89+45=134), sigue siendo más económico que el paquete VeTV de Sky de Televisa más barato (169 pesos) o el paquete básico de Dish (164 pesos), ambos con sólo 50 canales, mientras Netflix ofrece 4,571 temporadas y 8,839 películas. Al parecer, hay un problema de competencia y tarifas elevadas en la empresa con poder sustancial en el mercado de TV de paga en México.

Por lo tanto, no es atribución del IFT proteger mercados ni empresas. La autoridad haría mal en regular a los OTT cuando se trata de un servicio diferente. El presidente del IFT, Gabriel Contreras, declaró en la 5ta. Conferencia Ministerial de la CEPAL que “se regula para el bienestar del consumidor a largo plazo”.

Al principio dije que utilizan a modo el “efecto sustitución”. Cuando varía el precio de un bien, se observan dos efectos: de “sustitución” y de “renta”, como parte del comportamiento del consumidor ante movimientos de precios, y del cual intencionalmente no se han referido los procuradores de la TV de paga tradicional.

El “efecto renta” ocurre cuando cambia el precio de un bien y con él la demanda del mismo, por lo que la persona puede consumir más ese mismo bien o servicio, o tiene más poder adquisitivo para consumir otros bienes y servicios, debido a un cambio en el precio que beneficia su poder adquisitivo. Al bajar el precio de los servicios de telefonía e Internet en el periodo mencionado los usuarios pudieron consumir más minutos y megas, o bien pudieron contratar otros servicios (“efecto renta”).

Aquí viene lo interesante que desmonta el planteamiento de los defensores de la TV de paga tradicional. Todo efecto es relativo y la causalidad es compleja. Tradicionalmente, la TV de paga en México ha sido un servicio para usuarios de ingresos medios y altos; los servicios de video OTT de paga actualmente están destinados a usuarios con banda ancha y con mayor poder adquisitivo, de tal manera que no es extraño encontrar hogares con cable o satélite más Netflix u otro OTT. Un estudio de Horovitz Research en Estados Unidos revela que 50 por ciento de los usuarios multipantalla encuestados están suscritos a ambos servicios: TV de paga tradicional más OTT.

La consultora Dataxis calcula que en México existían en 2014 un total de 2.4 millones de suscriptores a servicios OTT de video de paga, adicionales a los 16 millones de abonados al servicio de TV de paga tradicional (cable y satélite). Netflix inició operaciones en México el 12 de septiembre de 2011. Desde esa fecha, las suscripciones a cable y satélite no han decrecido (ver gráfica). Los 2.4 millones de clientes OTT se encuentran entre suscriptores que ya tenían un paquete de TV de paga tradicional, otro tanto lo contrató por vez primera por ser más barato (no sustituyes aquello que nunca tuviste) y seguramente unos más prefirieron “cortar el cable” y migrar al OTT. No obstante, en México no se observa una caída de conexiones a la TV de paga.

Suscriptores de TV de paga por tecnología en México 1995-2014
Cable 7,225,279 Satélite 8,869,938 Streaming 2,400,000 Total 2014 18,495,217
Fuente: IFT y Dataxis.
Los procuradores buscan comparar México con Estados Unidos para demostrar la “sustitución”. En primer lugar, en EUA ninguna empresa posee 60 por ciento del mercado de TV de paga. Comcast, el cablero más grande con 22.3 millones de suscriptores, alcanza 22 por ciento del mercado. En México, aunque añadamos los 2.4 millones de clientes OTT, Televisa sigue conservando 52 por ciento del mercado. A los defensores no les salen las cuentas para que Televisa se libre de su poder sustancial de mercado.

Además, no omitamos otro detalle importante: la TV de cable en México es la única convergente; además de televisión ofrece telefonía, banda ancha y algunos hasta telefonía móvil. Los OTT no son convergentes, sólo son video. En EUA sí existe convergencia, en México no. Comparto este testimonio de un usuario de cable entrevistado por USAToday en agosto de 2014 para entender lo que realmente sucede en EUA: “Siento que el cable es la empresa que castiga la lealtad. La factura sigue subiendo mientras más tiempo soy cliente. En cualquier otro lugar, ya sea Kroger, en hoteles o con las aerolíneas, me recompensan cuanto más tiempo me quedo como cliente.”

Cuando el nuevo marco regulatorio eliminó las tarifas de interconexión y la larga distancia nacional, se produjo un “efecto renta” que permitió a los consumidores hacer un mayor uso de los servicios con el mismo ingreso. El IFT debe regular el mercado de TV de paga tradicional de tal manera que genere un “efecto renta” que beneficie el poder adquisitivo y el bienestar de los consumidores.

Lanzar OTTs propios, bajar las tarifas de la TV de paga tradicional, ofrecer paquetes de canales más atractivos, atender el nicho juvenil-millenial de las empresas de video en línea, abrirse a la multipantalla, producir contenidos originales de calidad y ampliar su base de suscriptores a nuevos mercados y de bajos ingresos son algunas de las estrategias que debería estar implementando el agente con poder sustancial, en lugar de sincronizar la opinión y la presión en contra del regulador.

El verdadero costo de equivocarse en la regulación no tiene por qué absorberlo el consumidor final.

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