Vargas Llosa y McLuhan.
Octavio Islas
El pasado 31 de julio, Mario Vargas Llosa, escritor y político peruano, sexto autor latinoamericano cuya obra ha sido reconocida con el Premio Nobel en Literatura, publicó en el diario El País un interesante artículo: “Más información menos conocimiento”.
En el citado texto Vargas Llosa relata el caso de Nicholas Carr, quien estudió Literatura en Dartmouth College y en la Universidad de Harvard. Carr, como toda su generación “descubrió el ordenador, el Internet, los prodigios de la gran revolución informática de nuestro tiempo (…) Un buen día descubrió que había dejado de ser un buen lector, y, casi casi, un lector”.
Con el paso de los años Carr enfrentó mayores dificultades para concentrarse en la lectura. A finales de 2007 decidió abandonar Boston y con su esposa se mudó a una apartada cabaña en las montañas de Colorado, donde el servicio de Internet era muy deficiente y sin telefonía móvil.
En su refugio Carr dedicó dos años de su vida a escribir el libro The Shallows: What the Internet is Doing to Our Brains -en castellano, Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? (Taurus 2011), que mereció positivos comentarios de Vargas Llosa. “Carr no es un renegado de la informática, no se ha vuelto un ludita contemporáneo”.
El libro de Carr –afirma Vargas Llosa- “es una reivindicación de las teorías del ahora olvidado Marshall MacLuhan” (sic), a quien nadie hizo mucho caso cuando, hace más de medio siglo, aseguró que los medios no son nunca meros vehículos de un contenido, que ejercen una solapada influencia sobre éste, y que, a largo plazo, modifican nuestra manera de pensar y de actuar. MacLuhan (sic) se refería sobre todo a la televisión, pero la argumentación del libro de Carr, y los abundantes experimentos y testimonios que cita en su apoyo, indican que semejante tesis alcanza una extraordinaria actualidad relacionada con el mundo del Internet”.
En el texto sobre el libro de Carr, Vargas Llosa recupera a McLuhan al afirmar a los medios como prolongaciones de nuestras facultades y sentidos: “No es verdad que el Internet sea sólo una herramienta. Es un utensilio que pasa a ser una prolongación de nuestro propio cuerpo, de nuestro propio cerebro, el que, también, de una manera discreta, se va adaptando poco a poco a ese nuevo sistema de informarse y de pensar, renunciando poco a poco a las funciones que este sistema hace por él y, a veces, mejor que él”.
En la obra de Marshall McLuhan como en la Ecología de los Medios -escuela de pensamiento complejo que precisamente parte de las teorías de Marshall McLuhan-, subyacen razonamientos críticos perfectamente estructurados que facilitan la comprensión de los efectos producidos por los cambios tecnológicos.
Los medios y las tecnologías producen profundos cambios culturales en las sociedades. Desde la perspectiva de la Ecología de los Medios, las tecnologías y los medios son comprendidos como extensiones del hombre –la rueda, por ejemplo, es considerada como extensión del pie, la ropa es extensión de nuestra piel-, y aceleradores de la vida sensorial. McLuhan sostenía que “cualquier medio afecta en seguida al campo entero de los sentidos”.
No pocos expertos en temas de Ecología de los Medios consideran a Internet como extensión del telégrafo, tecnología que permitió exteriorizar, por primera vez, el sistema nervioso central.
De todas las tecnologías se desprenden efectos positivos y negativos. Los alcances de la inteligencia artificial producen razonados temores en Mario Vargas Llosa. No obstante, también admiten ser pensadas como atractivas ventanas de oportunidades.
Aún cuando Vargas Llosa comete el error de escribir incorrectamente el apellido McLuhan, definitivamente acierta al desplazar el complejo pensamiento del canadiense fuera del alcance epistémico de las teorías de la llamada “dependencia tecnológica”, designación simplona que responde a burdas maniobras descalificatorias del pensamiento y obra de Marshall McLuhan.
