946 México, Palabras y silencios, en ocasión del fallecimiento del periodista Agustín Rodríguez Carranza

En ocasión del fallecimiento del periodista Agustín Rodríguez Carranza les comparto las siguientes líneas:

PALABRAS Y SILENCIOS

Los silencios definen las palabras. Delinean intenciones, marcan finales. Callado, recuerdo silencios y palabras, y sé que muchas de ellas jamás se irán.

Hoy el silencio de Agustín Rodríguez Carranza da mayor fuerza a sus palabras.

En su juventud, de sus manos caían feroces sobre aquella Remington las primeras frases que, tras el compromiso informativo, revelaban profundas búsquedas personales; aquellas que van más allá de las sílabas y los acentos, del dato y el recuento. Años después se reencontraría con esa vieja máquina negra.
Encantadoras como son, le hicieron creer que le pertenecían y le fueron revelando sus secretos musicales; lo arrancaron de su niñez y lo afligieron con su inmensidad, pero pronto besó sus cadenas, las montó y nada lo detuvo. Le provocaron hambres desconocidas pero siempre le dieron de comer.

Se fue confiando en que aquellas palabras que un día creyó suyas le darán vida de nuevo. Las convocaba: “inmarcesible”, “perenne”… “trascendencia”. Con humildad reconocía también el “olvido”.

Las palabras fueron su pasión, se dejó llevar en vilo, flotando en ese amnios que se bebía a tragos. Aprendió a revelar verdades, de quien fueran, pues esa paternidad se pierde en el tiempo, y se sumó al coro ensordecedor de las mentiras que decimos todos. Hirió de muerte y perdió trozos del corazón en las batallas, pero también supo acariciar con ellas. Aun dan consuelo y amor las palabras que musitó a oídos receptivos. Hizo con ellas lo que creyó y lo que quiso, y con ellas quiso y creyó.

Siguió el consejo del poeta:
“Dales la vuelta,
cógelas del rabo (chillen, putas),
azótalas,
dales azúcar en la boca a las rejegas…”
Octavio Paz
Alteros de hojas dan testimonio de sus compromisos y de sus entregas, de sus omisiones y sus errores y lo revelan sencillamente como mortal.

Lleno de palabras, las cuartillas no fueron suficientes y se desbordó tantas veces a pura voz. Todo lo dijo y lo que callaba quedaba tan claro que sobraban las explicaciones.
Se escuchan aún sus discursos encendidos, sus arengas de campaña, sus opiniones mesuradas, tanto como sus confidencias en tesituras de confesionario. Tan claras sus palabras, contrastan con las obscuras verborreas que buscan atribuirle otros dichos y omisiones. Podrán derramar su tintero pero no tripular su pluma.

Queden sus palabras donde las puso, y sus silencios, que no son espacios de crucigramas.
Gracias Agustín por tus palabras. Gracias Padre. Descansa.

Gustavo Rodríguez Páez

2 Comentarios

  1. Hoy padre e hijo permanecen juntos en algún lugar. Los imagino entre el estruendo de las carcajadas que causaba el toque sarcástico que solía salpicar su convivencia, debatiendo sobre la vida y brindando por ella.

    En mi memoria permanecen pequeños recuerdos sobre papá y el abuelo juntos. Fragmentos de aquella niña que, entre pláticas incomprensibles, se divertía a su lado mientras degustaba con las manos un plato de fresas con crema… esa niña emocionada subiendo al flamante y brillante auto azul del abuelo de la mano de su padre.

    Es grato y reconfortante ver plasmados los sentimientos de mi padre hacia mi abuelo; hombres de inquebrantable fortaleza, dignos de respeto y admiración.

    Estas letras traen a mi nuevamente al hombre que me cuidó y amó, que me dio la vida… Lo leo con nostalgia, su voz resuena en mi mente y, de pronto, reaviva los recuerdos. Sus manos protectoras, cálidas como el sol de media tarde , las eternas conversaciones hasta que el manto de la noche nos cubría suavemente. Padre, no olvido aquellas historias y enseñanzas que me abrieron paso a la vida, que me hicieron fuerte.

    Sigues haciendo falta en cada pisada que doy pero, soy tu hija y siempre tomaré tu ejemplo de entereza. Gracias papá por compartir cada palabra, sigues siendo mi inspiración.

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