Egipto y la twittósfera
Por Octavio Islas
En la Twittósfera y algunas de las principales redes sociales no han faltado quienes afirmen, con desbordado optimismo, que Internet 2.0 -y por supuesto algunas de las principales redes sociales-, observaron un rol determinante en el desarrollo de la “Revolución Jazmín”, la revuelta popular dirigida contra la dictadura de Hosni Mubarak, quien gobierna la República Árabe de Egipto desde el 14 de octubre de 1981.
Un hecho que bien podría no haber trascendido a la opinión pública local, adquirió singular relevancia internacional, precipitando la crisis del insensato dictador, quien renuente a comprender la gravedad de los acontecimientos, pretende mantener su mandato hasta el mes de septiembre. Ello por supuesto abriría las puertas a posiciones extremas y fundamentalistas.
Mohamed Bouazizi, un tunecino de 26 años de edad, comerciante, hijo de un albañil, al igual que millones de tunecinos que diariamente se ganan la vida vendiendo mercancías en puestos callejeros, fue víctima de la extorsión de un funcionario público, quien amenazó confiscar su mercancía si no pagaba una “mordida” por el derecho de piso.
Renuente a incurrir en tal acto de corrupción, Bouazizi procedió a prenderse fuego frente a las oficinas del gobierno, situación que generó un pequeño tumulto, el cual fue violentamente sofocado por las fuerzas del orden. Sin embargo, las protestas se multiplicaron en las calles, y pronto trascendieron a Egipto, Yemen, Sudán, Argelia, Jordania y Libia.
Como las manifestaciones se extendieron a Egipto, la mañana del 27 de enero, Hosni Mubarak decidió “apagar Internet” por considerar la difusión de información e imágenes de los actos de protesta en Egipto como asunto de seguridad nacional.
Seguramente Mubarak no leyó a Marshall McLuhan, y por supuesto tan torpe exhibición de autoritarismo detonó la furiosa arremetida de la comunidad sensible bloggers y twitteros, quienes concibieron la posibilidad de contribuir en la propagación de la revuelta popular.
De las ingenuas manifestaciones de las llamadas smart mobs, en pocos años transitamos a la utopía de poder realizar grandes revoluciones a través de Internet.
Las primeras manifestaciones públicas de las llamadas smart mobs –por ejemplo concentrarse en la estatua dedicada a Cristóbal Colón, en Barcelona, y apuntar el dedo índice derecho hacia el mar-, hoy definitivamente admitirían ser consideradas como ridículas. Sin embargo, tales actos representaron las primeras aproximaciones prácticas al reconocimiento mismo de la capacidad de convocatoria de Internet 2.0.
Razonar las efectivas posibilidades de empoderamiento ciudadano que produce Internet puede conducirnos a posiciones extremas.
Un grupo de entusiastas “ciberrevolucionarios”, en el cual destacan Chris Anderson (Wired y autor del best seller The Long Tail), Evan Conway (PBS Newshour) y Pete Cashmore (Mashable), entre otros, sostienen la posibilidad de extender los horizontes de la “revolución digital” –en la cual resultaron definitivas las filtraciones de WikiLeaks-, hasta la transformación misma de la condición ciudadana y el Estado.
En sentido opuesto, un grupo de destacados periodistas e intelectuales, entre quienes destacan Manuel Castells (La Vanguardia España), Evgeny Morozov (LSE –autor del libro The Net Desilution. How not to liberate the world) y Jillian Jork (Harvard University), entre otros, sostienen que las redes sociales son una moda que no incide en el empoderamiento real de las personas, quienes sencillamente experimentan una ilusoria sensación, que bien admitiría ser considerada como una especie de “disfunción narcotizante”.
Hoy la viralidad de Internet 2.0 no está en duda. En la planeación estratégica de la comunicación política resulta indispensable tomar el pulso de lo expresado en la twittósfera como en las principales redes sociales, al proceder a definir la llamada agenda setting.
