La violencia oculta
Gabriela Leveroni
A diario nos indignamos al leer en la prensa y ver en los noticiarios cómo la niñez se ha convertido en fuente de reclutas activos y actores de la violencia: soldados-niños, sicarios-niños, prostitutas infantes… caídos en los campos de batalla, en las calles y en los hogares… Y se alzan las voces, se reclama a gobiernos, se promueven los derechos humanos, pero no vemos que esos niños soldados, sicarios y prostitutas están a nuestro lado, e incluso, en nuestra familia, y que son sus madres las que los colocan en esa situación.
Hablamos del fenómeno que se desprende cuando se da un divorcio o separación conflictiva y la madre utiliza a los hijos como arma para atacar al padre, cuando los convierte en moneda de cambio, en mercancía, en balas y rehenes.
La realidad es que los niños necesitan a su padre.
Y es importante ser justos y objetivos. Un mal marido no implica en automático un mal padre.
Independiente de los casos de violencia intrafamiliar, nuestra sociedad y muchas sociedades en el mundo han cerrado la puerta a la igualdad que tanto proclaman.
Se habla de los derechos de las mujeres, de las madres, de la necesidad de los pequeños de mantenerse cerca de ellas. ¿Y el padre? Más común de lo que se cree, el padre se convierte en la diana de ataques psicológicos, sociales y económicos. En automático, es el villano de la historia y se le castiga privándolo de mantener una relación sana con sus propios hijos, a pesar de que el daño mayor y las consecuencias reales recaerán y serán vividas (y sufridas) por los mismos hijos.
Si bien la historia ampara la necesidad de proteger a la mujer como víctima de violencia intrafamiliar, no podemos cerrar los ojos a la realidad en la que los varones también sufren violencia y son maltratados emocional, económica y hasta físicamente. Como resultado de una sociedad machista, los varones víctima prefieren callar y no sentir que su imagen y hombría se verá mermada y cuestionada.
Es momento de buscar la verdadera igualdad, de ser equitativos y justos.
Una mujer que ha pasado por una situación de violencia familiar se le cataloga de “pobre mujer”. Un hombre que padece la situación es catalogado de “dejado y falta de carácter”, por decir con palabras no altisonantes.
¿Dónde está la justicia? ¿No somos seres humanos iguales con sentimientos, fortalezas y fallas? ¿Acaso el dominio, la agresividad y el abuso son propios del género masculino? No. Y no podemos dejar de ver que la sociedad evoluciona, que cada vez hay más hombres participativos en el hogar, más sensibles con sus parejas, solidarios y comprometidos con la familia.
La imagen del padre dictador, proveedor, dueño de la verdad familiar y general de la disciplina se ha diluido en la educación de la igualdad, en la evolución social que hemos desarrollado. Y cada día son menos los casos de preservación del esquema anterior.
Entonces, ¿por qué a la hora de enfrentar la fragmentación de un vínculo conyugal se inviste al hombre de agresor, malo, monstruo y desobligado? Se les maneja a los hijos la imagen de monstruo y villano, de insensible. La mujer se refugia en el papel de víctima para chantajear a los hijos bajo el discurso de “quien no está conmigo está contra mí”.
Cuando la madre no deja que el padre vea a sus hijos, cuando les satura de información en contra del progenitor, es la madre la que ejerce violencia contra sus propios hijos, envenenando sus pensamientos y sentimientos, creando rencores que no les pertenecen, distorsionando la imagen paterna, encaminándolos a un desarrollo emocional inadecuado, que fomentará que en el futuro sus relaciones de pareja no sean sanas.
Planteemos una situación: un mal matrimonio, sí, pero él siempre fue un padre amoroso con sus hijos. Una vez disuelto el vínculo matrimonial, el hombre asume la manutención justa, ama a sus hijos, y por lo mismo, no quiere que les falte nada. Desea aprovechar las visitas para disfrutarlos, para manifestarles que el amor que siente hacia ellos es inamovible, y aquí es donde entra en acción la venganza irracional de la mujer: utilizando a los hijos como instrumento de escarmiento, haciéndolos soldados de su campaña contra el ex, convirtiéndolos en sicarios de los sentimientos de amor filial, prostituyendo la presencia a cambio de…
¡Por favor! Los padres desobligados y que no aman a sus hijos, ni la molestia se toman en cumplir con los acuerdos de manutención, ni les importa ver a los hijos. A este tipo de padres les da igual si sus hijos los aman o no, si están bien o si no. Por lo tanto, son solamente los padres que aman a sus hijos los que sufren ante estas situaciones.
Si amamos a nuestros hijos, comencemos por brindarles seguridad emocional. Separemos los conflictos de pareja de la relación paterno-infantil. Démonos la oportunidad de gozar de niños felices que reconocen el valor y el amor tanto de la madre como del padre.
Ellos recompensarán nuestra madurez con una buena relación familiar, en la que entendamos que el divorcio concluye la relación conyugal: los esposos se divorcian uno del otro, ¡no los hijos de sus padres!
«Debes estar entero en el lugar que elijas. Un ser humano dividido no consigue afrontar la vida con dignidad» Cohelo
