Asunto: Hace diez años murió la risa inteligente
Hoy hace diez años el país se conmocionó como suele hacerlo cada cierto tiempo: ¡Mataron a Jaime Garzón!, era el comentario que nos robaba algunas lágrimas entonces, dejándonos con la perplejidad de quien descubre que mataron al mejor bufón de todos: el que no siempre hacía reir al rey, pues lo dejaba en ridículo con sus verdades incómodas y comentarios inteligentes en una tierra en la que los humoristas suelen ser payasos de chiste fácil y grotesco.
Hace diez años el país se desgarró las vestiduras como sólo puede hacerlo una nación cuyo eslogan reza «Colombia es pasión»; un país que olvida con la misma pasión que llora, como un gran mecanismo de defensa para evitar que crezca la ya alarmante locura colectiva. Jaime Garzón generaba sonrisas inteligentes (no carcajadas) pero también era la voz de nuestra conciencia nacional y todos sabemos como odiamos a esa vocecita que a veces nos hace reclamos por las cosas que hacemos mal,
Jaime Garzón llegó a la televisión con su fealdad, inusual en la pantalla chica, para mostrarnos también la fealdad de nuestra nación y ayudarnos a reir de cada tontería que hacemos (como asesinar humoristas), de cada mal endémico (como no tolerar la crítica) y de cada absurdo de la justicia (como dejar en la impunidad los crímenes más horrendos).
Hoy nos hace falta Garzón para mostrarnos que la oposición es necesaria, que no necesitamos estar de acuerdo para vivir en paz, que quienes no reflexionan pueden vivir felices pero siempre engañados y que un poco de autocrítica sólo puede llevarnos a mejorar ese espejo en el que nos duele tanto mirarnos.
Hace diez años «las fuerzas oscuras» mataron a uno de los mejores hombres que ha dado esta patria, buscando acabar con el hombre y con lo que simbolizaba, pretendiendo acallar la risa inteligente y la crítica con argumentos en este intolerante país… con dolor, podríamos pensar que prácticamente están logrando su cometido y que pocos son sus herederos.
Recordemos a Jaime Garzón con la tristeza de la pérdida y la sonrisa del recuerdo en uno de sus mejores momentos: en la campaña presidencial de 1998.
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