El mail que movilizó un país
Laura Toribio Lilian Hernández y Andrés Becerril
El mensaje llegó a las tres de la tarde; ocho horas después, los mexicanos conocían que un virus nuevo y letal obligaba a declarar la emergencia nacional
La doctora Celia Alpuche Aranda, directora adjunta del Instituto de Diagnóstico y Referencia Epidemiológicos (Indre), fue la primera mexicana que supo que el virus enviado desde México a Atlanta y Winnipeg para que lo analizaran era nuevo y que, por eso, su nivel de contagio y letalidad era de pronóstico reservado.
A las tres de la tarde del 23 de abril —hace exactamente un mes—, Alpuche Aranda recibió el correo electrónico del Laboratorio Nacional de Microbiología de Winnipeg, Canadá, en el cual le explicaron que 17 de las 51 muestras que el laboratorio había recibido un día antes procedentes de México eran de un virus nuevo, con una agravante: era mutante.
Adjunto a ese escueto mensaje, a la doctora también le llegó el árbol poligenético del virus, que no es otra cosa más que la secuenciación de éste, donde se indica que el hoy conocido virus de la influenza A H1N1 está compuesto con dos partes del virus de la influenza porcina euroasiática, una parte de influenza estacional y dos más del componente Brisbane.
Al darse cuenta de la gravedad que representaba ese coctel genético, Alpuche habló con sus superiores inmediatos, el doctor Miguel Ángel Lezana, director general del Centro Nacional de Vigilancia Epidemiológica y Control de Enfermedades (Cenavece), y el subsecretario de Prevención de la Secretaría de Salud (Ssa), Mauricio Hernández Ávila, para que conocieran del caso.
Una hora después de haber recibido el mail de Winnipeg y tras analizar la situación —ya eran las cuatro de la tarde— Alpuche y Hernández se apersonaron en el despacho del secretario de Salud, José Ángel Córdova Villalobos, para rendir su parte de algo que los médicos se temían.
Seis días antes, el 16 de abril, la Secretaría de Salud decretó una alerta epidemiológica y al día siguiente ordenó un operativo en los hospitales de la Ciudad de México en busca de casos graves. Colectaron muestras y le pidieron al CDC (Centros de Control y Prevención de Enfermedades) de Atlanta un análisis del patógeno desconocido.
El 18 de abril se enviaron las muestras a Atlanta, pero respondió antes el laboratorio de Canadá: en Estados Unidos se complicó el trabajo, ya que días antes habían recibido muestras del condado Imperial, de California, que fue la base para saber que se trataba del mismo virus que empezaba a aparecer en México.
“¡Vente, vente!”
El doctor Córdova se alistaba para viajar a Chiapas esa tarde del jueves, a fin de presentarse al día siguiente en una reunión de rectores.
Como Córdova Villalobos estaba plenamente enterado de que en el Distrito Federal había un brote inusual de influenza y como desde el inicio de la administración del presidente Calderón el sistema de salud se había preparado para una pandemia de influenza aviar —inclusive habían hecho simulacros—, tras 15 minutos de explicación el secretario de Salud comprendió la magnitud de lo que le decían sus colegas médicos, sobre todo cuando le refirieron que “es un virus nuevo de influenza que viene de una cepa animal y mutante”, y concluyeron “Puede ser muy, muy grave”.
En cuanto Alpuche y Hernández dejaron el despacho del secretario Córdova, ambos, junto con un grupo de especialistas, tuvieron una reunión en la sede de la Secretaría de Salud, en la calle de Lieja, para establecer una teleconferencia con el científico canadiense Frank Plummer, encargado de analizar las muestras enviadas por el gobierno mexicano por paquetería y con un permiso especial al Laboratorio Nacional de Microbiología de Winnipeg, desde donde llegó la alerta.
La teleconferencia de Plummer con los expertos mexicanos fue para presentarles el panorama de lo poco que se conocía del nuevo virus, comentó Miguel Ángel Lezana.
A su vez, Hernández Ávila fue el encargado de dar aviso a la Organización Mundial de la Salud (OMS) para que estuvieran enterados que había posibilidad de que se desatara, desde aquí, una pandemia por una influenza aún desconocida.
Mientras aquello ocurría, Córdova tomó uno de los dos teléfonos rojos de la red presidencial que tiene en su oficina y le llamó al presidente Calderón. “Me urge verlo porque hay una situación complicada y hay que tomar acciones”, le dijo Córdova a Calderón, como a eso de las cuatro y media de la tarde.
“¡Vente, vente!”, le contestó sin más comentario el Presidente, y el secretario de Salud se fue a toda prisa hacia Los Pinos.
Tan pronto como entró Córdova con el Presidente y le fue explicando de qué se trataba, el mandatario fue incrementando la atención en lo que le decía su colaborador. Córdova le explicó con lujo de detalle. Le mostró el mail con el árbol poligenético que acababa de llegar de Canadá. “Esto puede tener consecuencias catastróficas”, le dijo Córdova al Presidente, sin omitir que el mayor riesgo estaba en la Ciudad de México y el Estado de México.
“Muy bien, hay que tomar acciones”, ordenó Calderón, que movilizó a toda su gente en Los Pinos. Y mandó, en primer lugar, no dejar fuera por ningún motivo a las autoridades de la capital del país y del Estado de México. Calderón dijo que había que actuar donde estaba el problema y que, ante la emergencia, había que responder de manera conjunta con las autoridades locales.
Colaboración inmediata del DF y del Edomex
A esas horas, Max Cortázar, el director de comunicación social de la Presidencia, encabezaba una reunión con los jefes de prensa de las dependencias gubernamentales, junta que antes se hacía cada lunes pero que poco a poco dejaron de tener fecha establecida.
El tema del encuentro era la presentación de los nuevos encargados de comunicación en la Secretaría de Educación Pública y en la Defensa Nacional.
Cortázar recibió una tarjeta, donde le informaron que el Presidente lo buscaba urgentemente, que cancelara todo lo que estaba haciendo y que convocara para quedarse ahí a los encargados de comunicación de las secretarías de la Defensa Nacional, Gobernación, Marina, Educación Pública y Salud.
Cuando el jefe de prensa de Calderón dio la instrucción para que permanecieran ahí quienes había ordenado el Presidente, los demás empezaron a chacotear, diciendo que los que se quedaban era porque tenían las mejores secretarías.
Otra de las acciones que tomó el Presidente fue convocar a una reu-nión urgente de gabinete. Entre las cinco y las seis de la tarde de aquel 23 de abril, los 19 secretarios federales y los directores del IMSS y del ISSSTE fueron llamados para la junta extraordinaria a las siete de la noche.
Entre tanto, desde la oficina de la Presidencia se habló a los gobiernos del Distrito Federal y del Estado de México. Se convocó a los titulares de los poderes ejecutivos de esas entidades, para que se reunieran con el Presidente. A la cita llegaron el secretario de Gobierno del DF, José Antonio Ávila, con el doctor Armando Ahued —secretario de Salud capitalino— y el gobernador Enrique Peña Nieto, con el encargado del despacho de Salud mexiquense, Roberto Martínez Poblete. Marcelo Ebrard no llegó a esa primera cita.
Peña Nieto y Ávila no sabían nada y cuando se les explicó quedaron sorprendidos, pero reaccionaron positivamente, recuerda uno de los funcionarios públicos que estuvo en la reunión. “La receptividad de ambos fue espléndida y la cooperación también. Estuvieron dispuestos a echar a andar todo lo que fuera necesario”.
Ni tiempo para especular
A diferencia de las habituales reu-niones con el Presidente de México, ese día sus colaboradores más cercanos no sabían que tema se trataría. “Regularmente nos avisan cuál va a ser el tema, para que vayamos preparados”, recuerda uno de los secretarios convocados a Los Pinos.
El llamado presidencial provocó que algunos de los integrantes del equipo de Felipe Calderón cruzaran llamadas para indagar “cómo venía el tiro” para esa inesperada junta. Hicieron algunas especulaciones y conjeturas con base en la coyuntura, pero nada más.
Mientras iban llegado los secretarios a Los Pinos, Calderón y Córdova seguían analizando el tema.
Los secretarios y los directores del Seguro Social y del ISSSTE, Daniel Karam y Miguel Ángel Yunes, llegaron a Los Pinos y se les indicó que la reunión sería en el sótano de la casa presidencial.
Minutos antes de las siete de la noche, el gabinete en pleno y el staff del Presidente —Patricia Flores, Alejandra de la Sota, Max Cortázar, Luis Felipe Bravo Mena y Aitza Aguilar— estaban en sus lugares en la mesa redonda.
El único que no estaba en la sala era el secretario de Salud, José Ángel Córdova. Pero ni esa ausencia provocó que alguno de los colaboradores de Calderón pudiera adivinar que la reunión que presidiría minutos después el primer mandatario tenía algo que ver con un tema de salud, y también de seguridad nacional.
A la sala de reuniones de la casa presidencial entró primero Calderón y enseguida Córdova.
De manera breve, el Ejecutivo les explicó a sus colaboradores más cercanos de qué se trataba. “Tenemos un problema serio, hay un brote atípico de influenza”, les dijo.
Les explicó que era un virus nuevo, que era muy contagioso y que era altamente letal. Dicho eso, le dejó el turno al secretario Córdova.
Con toda amplitud, el titular de Salud expuso ante sus colegas lo que ocurría y las consecuencias que esta enfermedad podría tener. Córdova Villalobos les comentó que él esperaba una epidemia por influenza aviar —que es muy agresiva, con mortalidad de 60 a 70 por ciento—, pero que no sabía a ciencia cierta qué capacidad de letalidad tenía este nuevo virus.
¿Quién le dice al país, Calderón o Córdova?
Esa reunión histórica en Los Pinos terminó poco después de las ocho y media de la noche; es decir, duró aproximadamente 90 minutos.
En ese tiempo se diseñó la estrategia a seguir, como la suspensión de clases en las escuelas del Distrito Federal y del Estado de México hasta el 6 de mayo; se ponderaron las consecuencias económicas que la medida podría tener, además de delinear las recomendaciones como usar tapabocas, lavarse las manos frecuentemente, no saludar de mano ni darse besos y usar gel antibacterial; también se analizaron la disponibilidad de medicamentos y la capacidad en los hospitales.
En la junta se consideró, en un primer momento, que fuera el presidente Felipe Calderón quien saliera en cadena nacional para hacer el anuncio que finalmente hizo el secretario Córdova. El hecho por el cual se decidió que fuera así fue porque podría ser muy alarmante que el Presidente de México hiciera ese anuncio, pero también buscó protegerlo: por si la cosa no era tan grave, que las críticas no cayeran sobre él.
En la mesa del sótano de Los Pinos se vaticinó que las medidas que se tomarían no iban a ser fáciles, que encontrarían oposición, pero que se tenía que asumir la responsabilidad bajo la premisa de que primero estaba la salud de los mexicanos.
Además, el propio Calderón y el secretario de Gobernación, Fernando Gómez Mont, con otros secretarios, analizaron el hecho de que ante la emergencia no bastaba atenerse al artículo 73 fracción XVI de la Constitución para que el secretario de Salud tomara las riendas de la emergencia, sino que tenía que publicarse un decreto presidencial para darle toda la responsabilidad y respaldo a Córdova. El documento se publicó dos días después en el Diario Oficial de la Federación.
Cuando terminó la reunión, los colaboradores del Presidente pusieron manos a la obra, no sin antes ser vacunados. El secretario Córdova llevó unas vacunas contra influenza estacional, que puso a disposición de sus colegas, aunque les advirtió que no necesariamente quedarían inmunes ante el nuevo virus.
Alonso Lujambio, titular de Educación Pública; Javier Lozano Alarcón, secretario del Trabajo; Max Cortázar y Córdova Villalobos, coordinados por Alejandra de la Sota, encargada de la estrategia y mensaje gubernamental del Presidente, se pusieron a redactar el mensaje que el titular de la Ssa salió a dar a las once de la noche.
El propio Felipe Calderón y el secretario de Gobernación, Fernando Gómez Mont, se pusieron a hablar por teléfono con todos los gobernadores del país para explicarles lo que estaba pasando y las medidas que se anunciarían unas horas más tarde.
Juan Molinar Horcasitas, secretario de Comunicaciones y Transportes, hablaba por cuanto teléfono le pusieran enfrente, pues tenía que atemperar cualquier situación que pudiera despertar el temor sobre un posible cierre de aeropuertos o puertos marítimos por la emergencia.
El tiempo en la residencia oficial se iba como el agua y todavía había cosas que hacer, como sensibilizar a los medios de comunicación, de lo cual se encargaron distintos secretarios, no sólo para pedir comprensión en cuanto al tiempo de espera, sino para que conocieran de primera mano la magnitud de la emergencia y actuaran en consecuencia.
A las 11 de la noche, el secretario de Salud, José Ángel Córdova Villalobos, apareció en las televisiones de todo el país para anunciar un inédito plan de emergencia por un nuevo virus que se había conocido ocho horas atrás, mediante un escueto e-mail.
